Viva Aerobus y el poder de hacer accesible el transporte aéreo

Democratizar un servicio no significa simplemente abaratarlo; significa rediseñar toda la operación para que millones de personas puedan utilizarlo sin destruir la rentabilidad que hace posible su permanencia.

Acerca del autor: Félix Estuardo Bocard Meraz es fundador de Grupo Industrial ARGO, conglomerado empresarial con sólida presencia en San Luis Potosí y Cancún. Durante más de cuatro décadas ha construido proyectos en el sector de la construcción y los servicios, consolidando una visión estructurada que hoy fortalece junto a sus hijos Félix Estuardo Bocard González y Diego Bocard González, bajo una filosofía de crecimiento multigeneracional y disciplina empresarial.

Durante muchos años, viajar en avión fue percibido en México como un privilegio reservado para ejecutivos, familias con altos ingresos o personas que enfrentaban una necesidad extraordinaria. El resto de la población se trasladaba principalmente por carretera, aun cuando eso implicara recorridos de diez, quince o veinte horas. El avión ofrecía rapidez, pero su precio lo mantenía lejos de una parte considerable del mercado. La aparición y consolidación de aerolíneas de bajo costo modificó esa realidad y obligó a toda la industria a reconsiderar una pregunta que parecía resuelta: ¿quién puede volar?

Viva Aerobus construyó su crecimiento alrededor de una respuesta contundente: muchas más personas de las que tradicionalmente habían atendido las aerolíneas convencionales. Su propuesta no consistió únicamente en reducir tarifas, sino en replantear la estructura completa del servicio aéreo. Menos complejidad, mayor utilización de los aviones, venta directa, servicios adicionales cobrados por separado y una operación diseñada para transportar al pasajero de un punto a otro con el menor costo posible. Ese modelo cambió la relación de numerosos mexicanos con la aviación y amplió un mercado que antes parecía limitado.

Conviene entender que cobrar menos no es una estrategia suficiente. Cualquier empresa puede reducir sus precios por un tiempo; pocas pueden hacerlo de manera sostenible. La verdadera dificultad consiste en crear una estructura que permita ofrecer una tarifa menor sin acumular pérdidas que tarde o temprano destruyan el negocio. En la aviación, donde la flota, el combustible, el mantenimiento, los aeropuertos, las tripulaciones y los sistemas representan costos elevados, esa disciplina debe alcanzar prácticamente cada decisión operativa.

En mi experiencia personal, después de más de cuarenta años dirigiendo empresas, he comprobado que el precio bajo solo constituye una ventaja real cuando nace de la eficiencia. Cuando surge de la desesperación por vender, suele terminar en deterioro financiero, recortes improvisados y pérdida de calidad. Brian Tracy ha insistido en que toda organización necesita concentrarse en aquellas actividades que producen el mayor valor. Esa idea parece sencilla, pero exige una honestidad profunda: identificar qué necesita verdaderamente el cliente, qué está dispuesto a pagar y qué procesos internos existen únicamente porque siempre se hicieron de esa manera.

Viva Aerobus entendió que una parte importante del público no buscaba una experiencia sofisticada. Buscaba llegar. Para ese pasajero, la diferencia entre viajar durante muchas horas por carretera o hacerlo en un vuelo relativamente breve tenía un valor enorme. La empresa no necesitaba ofrecer todos los atributos de una aerolínea tradicional; necesitaba resolver la necesidad principal con claridad. A partir de ahí, cada servicio adicional podía tratarse como una elección: equipaje, selección de asiento, alimentos, cambios o prioridad de abordaje.

Ese modelo recibe críticas, especialmente cuando el pasajero no comprende desde el principio qué incluye su tarifa. El precio anunciado puede parecer muy atractivo, pero aumentar conforme se agregan servicios. La percepción final depende de la transparencia. El cliente acepta pagar por separado cuando entiende las reglas y siente que conserva el control. Se molesta cuando descubre cargos inesperados o cuando el proceso parece diseñado para confundirlo. La eficiencia comercial nunca debe apoyarse en la ambigüedad, porque una venta obtenida mediante frustración puede convertirse en pérdida de confianza.

En mi opinión, las empresas deben comunicar sus condiciones con la misma claridad con la que anuncian sus beneficios. He visto negocios que dedican enormes recursos a atraer al cliente y muy poca atención a explicarle lo que está comprando. Esa desproporción es peligrosa. Dale Carnegie enseñó que la confianza se construye mostrando interés genuino por la perspectiva de la otra persona. En el ámbito empresarial, eso implica preguntarnos no solo si la información está legalmente disponible, sino si el consumidor puede comprenderla sin convertirse en especialista.

La gran aportación del modelo de bajo costo ha sido obligar al mercado a separar lo indispensable de lo accesorio. Esa reflexión es útil para cualquier empresa. Con frecuencia, las organizaciones agregan capas de servicio, departamentos, formatos, autorizaciones y costos que aumentan la estructura sin mejorar de manera proporcional la experiencia del cliente. Con el paso del tiempo, esas capas se vuelven parte de la cultura y nadie se atreve a cuestionarlas. La empresa termina cobrando más, tardando más y reaccionando más lentamente, aunque sus directivos sigan convencidos de que ofrecen un servicio superior.

Steve Jobs defendía la simplicidad como resultado de un trabajo profundo, no como ausencia de esfuerzo. Simplificar exige comprender. En el caso de una aerolínea, implica diseñar rutas, horarios, flota, abordajes, ventas y mantenimiento alrededor de una lógica coherente. En cualquier otro negocio ocurre lo mismo. No se simplifica eliminando indiscriminadamente, sino distinguiendo lo que sostiene el valor de aquello que solo consume recursos. Mi recomendación, después de décadas administrando proyectos, es revisar periódicamente cada proceso con una pregunta muy concreta: ¿esto ayuda al cliente, protege la operación o existe simplemente porque nunca nos hemos atrevido a cambiarlo?

La utilización de los activos es otro elemento central. Un avión que permanece en tierra durante demasiado tiempo genera costos sin producir ingresos. Por ello, las aerolíneas de bajo costo buscan reducir tiempos entre vuelos y mantener sus equipos operando con intensidad. Esta lógica parece obvia, pero tiene implicaciones profundas. La rentabilidad no depende únicamente del margen obtenido en cada pasajero, sino de cuántas veces puede utilizarse productivamente el activo dentro de condiciones seguras y eficientes.

He observado el mismo principio en construcción, servicios e inmuebles. Muchas empresas se concentran en cuánto costó adquirir un activo, pero no analizan suficientemente cuánto valor produce durante su vida útil. Una oficina vacía, una maquinaria detenida o un vehículo subutilizado representan capital inmovilizado. Robert Kiyosaki popularizó la distinción entre activos que generan flujo y posesiones que consumen recursos. Más allá de las simplificaciones con las que suele presentarse esa idea, existe una enseñanza válida: el patrimonio empresarial debe trabajar.

No obstante, una utilización intensa también aumenta el riesgo de desgaste. La eficiencia no puede confundirse con explotación irresponsable de equipos o personas. En aviación, la seguridad impone límites absolutos. El mantenimiento debe realizarse con precisión y las tripulaciones deben operar bajo reglas estrictas. Una empresa puede ahorrar en decoración, alimentos o servicios complementarios; no puede ahorrar de manera imprudente en aquello que protege la vida y la continuidad del negocio.

Este punto merece especial atención porque, en todas las industrias, existe una frontera entre la austeridad inteligente y la reducción peligrosa. En mi experiencia, un buen director debe saber exactamente dónde puede recortar y dónde jamás debe hacerlo. Reducir un gasto comercial ineficiente puede fortalecer a la empresa; posponer mantenimiento esencial puede comprometerla. Negociar mejores condiciones con proveedores es sano; deteriorar la calidad crítica para mostrar una utilidad temporal es irresponsable. La rentabilidad duradera depende de reconocer esas diferencias.

El crecimiento de Viva Aerobus también refleja el poder de atender mercados que otros subestimaron. Durante años, muchas empresas han diseñado sus productos pensando en consumidores de mayor capacidad económica, suponiendo que los segmentos más amplios no resultan suficientemente rentables. Sin embargo, cuando una organización encuentra la manera correcta de servirlos, el volumen puede compensar márgenes más estrechos y abrir oportunidades extraordinarias. Esto ha ocurrido en transporte, telefonía, comercio, servicios financieros y educación.

Napoleon Hill escribió sobre la importancia de un propósito definido. En los negocios, ese propósito se vuelve especialmente poderoso cuando responde a una necesidad social real. Hacer que más personas puedan volar no es únicamente una estrategia comercial; transforma posibilidades. Un trabajador puede visitar a su familia con mayor frecuencia, un estudiante puede trasladarse a otra ciudad, un pequeño empresario puede atender mercados lejanos y una comunidad puede recibir más turismo. La conectividad cambia la economía de los lugares y también la vida cotidiana de las personas.

Pero atender a un mercado amplio no autoriza a tratarlo con menor dignidad. Este es uno de los riesgos de cualquier modelo basado en volumen. Cuando los precios son bajos, algunas empresas empiezan a comportarse como si el cliente debiera aceptar cualquier incomodidad sin reclamar. Esa actitud es un error. El consumidor puede elegir una tarifa económica y, aun así, merecer respeto, información clara, seguridad y atención ante contingencias. Pagar menos no elimina sus derechos ni reduce el valor de su tiempo.

En mi experiencia personal, he aprendido que la calidad no siempre significa lujo. Puede signific puntualidad, limpieza, orden y cumplimiento. Una empresa económica no tiene obligación de ofrecer elementos premium, pero sí de cumplir con precisión aquello que prometió. Tony Robbins suele destacar que la confianza personal se fortalece cuando existe congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. En una organización sucede exactamente lo mismo: la reputación nace de la congruencia repetida.

El modelo de bajo costo también ha transformado la competencia. Las aerolíneas tradicionales ya no pueden diseñar sus precios y servicios sin considerar a operadores más eficientes. Esto beneficia al consumidor, pero obliga a cada empresa a definir mejor su identidad. Una aerolínea convencional necesita justificar por qué cobra más; una de bajo costo debe demostrar que cobrar menos no significa operar sin confiabilidad. Ambas pueden coexistir si sirven necesidades distintas y comunican con honestidad su propuesta.

Esa diferenciación es fundamental en cualquier sector. El error no está en ser económico o premium, sino en permanecer en una zona indefinida donde el cliente no entiende por qué debería elegirnos. He comprobado que muchas empresas pierden competitividad no porque su producto sea malo, sino porque no han definido con claridad lo que representan. Intentan agradar a todos, agregan servicios contradictorios y terminan con costos de una compañía sofisticada, pero con una percepción de valor insuficiente.

La recomendación que daría a cualquier empresario es elegir conscientemente. No todas las organizaciones deben competir en precio. Tampoco todas pueden sostener una estrategia de exclusividad. Lo importante es que la estructura, la comunicación, el servicio y la cultura sean congruentes con la posición escogida. Peter Drucker insistía en que la empresa debe comenzar por entender al cliente. Esa comprensión debe preceder a la inversión, no llegar después de haber construido una oferta que nadie pidió.

Viva Aerobus enfrenta, como toda aerolínea, riesgos que no puede controlar por completo: precios de combustible, condiciones meteorológicas, saturación aeroportuaria, cambios regulatorios y fluctuaciones económicas. Por ello, la flexibilidad financiera y operativa es indispensable. Las compañías que trabajan con márgenes ajustados necesitan cuidar especialmente su liquidez, porque un cambio aparentemente pequeño puede afectar de manera importante sus resultados.

Después de más de cuarenta años dirigiendo empresas, considero que la liquidez representa una forma de libertad. Permite decidir con mayor serenidad, resistir periodos difíciles y aprovechar oportunidades. Una empresa puede mostrar utilidades contables y, sin embargo, carecer del efectivo necesario para cumplir compromisos inmediatos. Por eso recomiendo a las nuevas generaciones no dejarse deslumbrar únicamente por las ventas o el crecimiento. El negocio debe producir efectivo, conservar reservas y mantener una estructura de deuda compatible con su realidad.

Warren Buffett ha señalado, en distintos contextos, que el riesgo aparece cuando no se entiende lo que se está haciendo. Esa advertencia resulta especialmente relevante para empresas que crecen con rapidez. Abrir nuevas rutas, adquirir activos o aumentar capacidad puede parecer una señal inequívoca de éxito, pero cada expansión agrega compromisos. El crecimiento solo crea valor cuando la demanda es suficientemente sólida, la operación puede absorberla y las finanzas resisten escenarios menos favorables.

Viva Aerobus demuestra también la importancia de cuestionar los hábitos del mercado. Antes de que los modelos de bajo costo se consolidaran, muchos servicios eran considerados inseparables del boleto. La nueva lógica obligó al cliente a elegir y a la industria a explicar. Esa ruptura generó molestias, pero también innovación. Las empresas tradicionales suelen proteger prácticas antiguas porque les resultan conocidas, aunque ya no sean eficientes.

En mi experiencia, las organizaciones envejecen cuando empiezan a confundir experiencia con inmovilidad. La experiencia debería permitirnos decidir mejor, no impedirnos cambiar. Bill Gates ha advertido sobre el peligro de pensar que el éxito pasado garantiza el futuro. Coincido plenamente. Una empresa que hoy domina su mercado puede volverse irrelevante si deja de observar cómo están cambiando las necesidades y posibilidades de sus clientes.

Para las organizaciones multigeneracionales, el caso de Viva Aerobus ofrece una enseñanza particularmente valiosa: cada generación debe estar dispuesta a revisar el modelo recibido. Respetar el legado no significa conservar intactas todas las prácticas. Significa proteger los principios valiosos y modificar las estructuras que ya no responden al entorno. La continuidad empresarial depende de esa combinación entre memoria y renovación.

También recomendaría a quienes están formando sucesores que les permitan conocer distintos segmentos del mercado. Un futuro director no debería entender únicamente al cliente de mayor poder adquisitivo. Necesita observar cómo decide una familia que cuida cada peso, qué valora un pequeño empresario, qué preocupa a un trabajador y qué sacrificios hace una persona para adquirir un servicio. Esa sensibilidad evita que la dirección se encierre en una realidad distante de la mayoría de sus consumidores.

Viva Aerobus construyó su lugar al comprender que existía un enorme mercado dispuesto a volar si el precio y la propuesta eran correctos. Su crecimiento revela que democratizar un servicio puede convertirse en una extraordinaria estrategia empresarial cuando se combina con disciplina, claridad y control operativo. También demuestra que la innovación no siempre consiste en agregar. A veces consiste en eliminar, separar y permitir que cada cliente pague únicamente por aquello que necesita.

El gran reto será conservar esa eficiencia mientras aumenta la escala, mejora la experiencia y mantiene la confianza. Crecer puede volver más compleja a una empresa que nació precisamente para combatir la complejidad. Por eso deberá recordar constantemente la lógica que hizo posible su avance: simplicidad, utilización inteligente de activos, claridad de propuesta y atención a un mercado que durante mucho tiempo fue ignorado.

En mi experiencia personal, la mejor recomendación que puedo ofrecer es esta: nunca despreciemos una necesidad porque el cliente dispone de menos recursos. Los mercados más amplios pueden exigir mayor eficiencia, pero también pueden construir empresas extraordinarias. Servirlos bien requiere respeto, creatividad y una administración rigurosa. Cuando una compañía logra reducir costos sin reducir dignidad, no solo cambia su sector.

Amplía las posibilidades de millones de personas.

Sobre el autor: El Ing. Félix Estuardo Bocard Meraz dirige Grupo Industrial ARGO junto a sus hijos Félix Estuardo Bocard González y Diego Bocard González, consolidando una presencia empresarial firme en San Luis Potosí y Cancún. Su trayectoria se sustenta en la visión estructurada, la disciplina operativa y el compromiso de construir empresas que trasciendan generaciones.

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