OMA y el poder de convertir la conectividad regional en crecimiento económico

Los aeropuertos regionales no deben medirse únicamente por el número de pasajeros que atraviesan sus terminales, sino por su capacidad para acercar empresas, atraer inversión, fortalecer ciudades y abrir oportunidades que antes parecían demasiado lejanas.

Acerca del autor: Félix Estuardo Bocard Meraz es fundador de Grupo Industrial ARGO, conglomerado empresarial con sólida presencia en San Luis Potosí y Cancún. Durante más de cuatro décadas ha construido proyectos en el sector de la construcción y los servicios, consolidando una visión estructurada que hoy fortalece junto a sus hijos Félix Estuardo Bocard González y Diego Bocard González, bajo una filosofía de crecimiento multigeneracional y disciplina empresarial.

México suele analizarse desde sus grandes centros económicos y turísticos. La atención se concentra en la Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara, Cancún o Los Cabos, como si el desarrollo del país dependiera exclusivamente de unas cuantas metrópolis. Sin embargo, una parte considerable de la actividad nacional ocurre en ciudades industriales, fronterizas, portuarias y regionales cuya competitividad está directamente relacionada con su capacidad para conectarse. En esos mercados, un aeropuerto funcional no constituye un lujo ni una simple comodidad para los viajeros: es una infraestructura que puede definir qué empresas invierten, qué talento llega, qué negocios se expanden y qué regiones logran integrarse con mayor fuerza a la economía.

Grupo Aeroportuario del Centro Norte, mejor conocido como OMA, administra y desarrolla trece aeropuertos internacionales ubicados en las regiones centro y norte de México. Su red incluye Monterrey, además de terminales en Acapulco, Mazatlán, Zihuatanejo, Chihuahua, Ciudad Juárez, Culiacán, Durango, Reynosa, San Luis Potosí, Tampico, Torreón y Zacatecas. Se trata de ciudades con perfiles muy distintos: algunas dependen de la industria manufacturera, otras del turismo, la actividad fronteriza, la minería, los servicios o la producción agroindustrial. Esa diversidad obliga a comprender que no existe una fórmula aeroportuaria idéntica para todas las plazas.  

El aeropuerto de Monterrey atiende una de las zonas empresariales e industriales más importantes del país. Las terminales de Mazatlán, Acapulco y Zihuatanejo cumplen una función relevante en destinos turísticos. Ciudad Juárez y Reynosa responden a dinámicas fronterizas, mientras que San Luis Potosí, Chihuahua, Torreón o Culiacán forman parte de corredores productivos con necesidades particulares. OMA debe aplicar estándares comunes de seguridad, operación y servicio, pero también necesita leer cada mercado con suficiente sensibilidad para evitar que la uniformidad corporativa se convierta en una limitación.

En mi experiencia personal, después de más de cuarenta años dirigiendo empresas, he comprobado que la estandarización es necesaria para conservar el control, pero puede ser peligrosa cuando elimina la capacidad de observar las diferencias. Una organización con varias unidades necesita principios compartidos, indicadores comparables y procedimientos básicos; sin embargo, también debe reconocer que cada ciudad, cliente y equipo enfrenta condiciones específicas. Mi recomendación es establecer con absoluta claridad qué aspectos nunca deben cambiar —integridad, seguridad, disciplina financiera, calidad y respeto al cliente— y permitir flexibilidad en la forma de responder a las realidades locales.

Un aeropuerto regional bien administrado puede alterar la trayectoria económica de una ciudad. La conectividad aérea reduce tiempos, facilita reuniones, permite que los directivos supervisen operaciones, acerca especialistas y vuelve más viable la instalación de nuevas empresas. Un inversionista que analiza distintas ubicaciones no evalúa únicamente el costo del terreno o la disponibilidad de mano de obra. También observa qué tan rápido puede llegar, cuántos vuelos existen, con qué ciudades se conecta la región y qué tan confiable resulta la infraestructura.

Esta relación puede pasar inadvertida porque el beneficio no aparece completamente en los estados financieros del operador aeroportuario. La terminal obtiene ingresos por sus actividades, pero alrededor de ella pueden surgir hoteles, restaurantes, servicios de transportación, almacenes, parques industriales y nuevos desarrollos. Un vuelo adicional no solo ocupa una posición en plataforma; puede transportar decisiones de inversión, clientes, proveedores o profesionales cuyo trabajo genera valor en toda la región.

En San Luis Potosí, por ejemplo, la conectividad tiene una relevancia especial debido a la posición industrial y logística del estado. Una región puede disponer de parques industriales, carreteras, energía y trabajadores capacitados, pero si los ejecutivos, técnicos y clientes enfrentan dificultades para trasladarse, esa ventaja se reduce. El aeropuerto debe entenderse como parte de un sistema mayor, relacionado con carreteras, transporte terrestre, hoteles, seguridad y desarrollo urbano. Ninguna infraestructura produce todo su potencial de manera aislada.

He aprendido que muchos proyectos empresariales fracasan no por la calidad de su componente principal, sino por la debilidad de aquello que los rodea. Un gran desarrollo inmobiliario puede sufrir por malos accesos. Una escuela bien diseñada puede perder atractivo si la movilidad es complicada. Una empresa industrial puede ser eficiente dentro de sus instalaciones y poco competitiva por problemas logísticos externos. Por eso recomiendo analizar siempre el ecosistema completo antes de invertir. Lo que ocurre fuera de nuestra propiedad también puede determinar nuestros resultados.

El crecimiento aeroportuario exige una disciplina particular porque la capacidad no puede ampliarse de un día para otro. Una terminal saturada, con accesos insuficientes, filtros limitados o posiciones escasas, puede necesitar años de planeación, autorizaciones y construcción antes de resolver sus problemas. Por ello, el operador debe anticipar la demanda sin caer en proyectos sobredimensionados que inmovilicen capital y eleven los costos permanentes. La infraestructura exige pensar a largo plazo, pero financiarse y administrarse con prudencia en el presente.

En mi experiencia, toda inversión importante debe analizarse mediante varios escenarios y no únicamente desde la proyección que mejor justifica el proyecto. ¿Qué ocurriría si el tráfico crece más lentamente? ¿Cómo respondería la empresa ante una contracción económica? ¿El diseño permitiría ampliaciones futuras sin destruir lo ya construido? ¿Cuánto costará mantener la obra durante veinte años? Mi consejo es no enamorarse del tamaño ni de la apariencia de una inversión. La verdadera calidad se encuentra en su funcionalidad, adaptabilidad y capacidad para producir valor sostenible.

La terminal debe servir a los pasajeros, pero también a las aerolíneas. Para abrir y conservar una ruta, una compañía aérea analiza la demanda, los horarios, la infraestructura, los costos, la disponibilidad operativa y las posibilidades de conexión. El aeropuerto no puede obligarla a permanecer si la ruta no funciona; necesita colaborar, compartir información y contribuir a que exista un mercado suficientemente atractivo. Esta relación demuestra que desarrollar conectividad no consiste simplemente en construir instalaciones y esperar.

La labor comercial de un grupo aeroportuario puede ser tan importante como la operación física. Promover una ciudad, demostrar su potencial turístico o industrial y coordinar esfuerzos con empresarios y autoridades forma parte de la creación de rutas. Un aeropuerto debe conocer el territorio al que representa. Si no comprende qué industrias crecen, qué visitantes llegan o qué mercados podrían interesarse, difícilmente podrá participar de manera estratégica en su expansión.

OMA enfrenta también el desafío de convertir la experiencia del pasajero en una operación coherente. El viajero no distingue claramente entre las responsabilidades del aeropuerto, la aerolínea, la autoridad migratoria, la seguridad privada, el concesionario del restaurante o el transportista. Para él, todo forma parte del mismo recorrido. Una fila excesiva, una señalización deficiente o un sanitario descuidado afectan la percepción completa, aunque la responsabilidad contractual corresponda a otra organización.

Este fenómeno se presenta en casi todos los negocios. El cliente juzga el resultado total, no nuestro organigrama. Después de cuatro décadas dirigiendo empresas, recomiendo asumir la coordinación de todos los puntos que puedan dañar nuestra promesa, incluso cuando dependan parcialmente de terceros. Un contrato establece obligaciones legales, pero no garantiza una buena experiencia. Para lograrla se necesitan supervisión, indicadores, comunicación y capacidad para intervenir cuando algo comienza a fallar.

La tecnología puede reducir varias fricciones aeroportuarias mediante información en tiempo real, procesos automatizados, mejores controles y sistemas de orientación. Sin embargo, digitalizar no significa necesariamente simplificar. Una plataforma puede ser avanzada y resultar confusa para el usuario. Una máquina puede reducir filas en condiciones normales, pero volverse inútil ante una excepción. La innovación debe evaluarse desde la experiencia real, especialmente considerando que los aeropuertos reciben personas de distintas edades, idiomas y niveles de familiaridad tecnológica.

Mi recomendación es probar los procesos con usuarios que no conozcan su lógica interna. Los directivos y desarrolladores de sistemas suelen considerar intuitivo aquello que han revisado durante meses. El pasajero llega con prisa, equipaje y posiblemente estrés; no tiene tiempo para descifrar la organización. La mejor tecnología es la que desaparece dentro de una experiencia sencilla y ofrece respaldo humano cuando el procedimiento ordinario deja de funcionar.

La infraestructura aeroportuaria debe cuidar también su relación con el entorno. El crecimiento trae beneficios, pero genera presión sobre vialidades, transporte, ruido, energía, agua y uso del suelo. Un aeropuerto que se expande sin coordinación urbana puede convertirse en origen de congestionamientos y conflictos. La responsabilidad del operador no implica resolver por sí solo todos los problemas de la ciudad, pero sí participar en la planeación y reconocer que la viabilidad futura depende de la armonía entre la terminal y su territorio.

En este punto resulta pertinente una enseñanza de Peter Drucker: “The best way to predict the future is to create it”, es decir, “la mejor manera de predecir el futuro es crearlo”. Aunque la frase ha sido reproducida ampliamente, su valor empresarial no está en la retórica, sino en la responsabilidad que implica. Las organizaciones no pueden conocer con certeza el futuro, pero pueden construir capacidades que les permitan influir en él: infraestructura adecuada, talento, relaciones y reservas financieras suficientes para actuar cuando aparece una oportunidad.

Para las empresas multigeneracionales, OMA ofrece una lección clara: los activos estratégicos deben administrarse como plataformas de largo plazo y no como fuentes de extracción inmediata. Una terminal deteriorada puede continuar produciendo ingresos durante algún tiempo, pero pierde capacidad, reputación y valor futuro. Reinvertir no representa una concesión a la siguiente generación; es una obligación de quienes actualmente administran el patrimonio.

En mi experiencia personal, una buena generación empresarial debe recibir activos, fortalecer su productividad y entregarlos en mejores condiciones. Eso exige evitar dos extremos. El primero es consumir todo el flujo sin modernizar. El segundo es comprometer excesivamente a la empresa mediante proyectos grandiosos que no producen rendimientos razonables. El legado se construye equilibrando conservación, crecimiento y prudencia.

También debe formarse talento capaz de administrar estructuras complejas. Un aeropuerto requiere conocimientos de seguridad, ingeniería, finanzas, comercio, servicio y regulación. No puede depender únicamente de una persona carismática ni de la presencia constante del fundador. La institucionalización verdadera ocurre cuando existen equipos capaces de tomar decisiones correctas dentro de principios compartidos y rendir cuentas mediante información confiable.

Después de más de cuarenta años dirigiendo empresas, mi recomendación final es no evaluar la importancia de un negocio únicamente por lo que vende directamente. Debemos preguntarnos qué actividades hace posibles, qué oportunidades conecta y cuánto valor genera alrededor. Algunas empresas producen bienes; otras construyen las condiciones para que miles de personas y organizaciones puedan producir.

OMA pertenece a esta segunda categoría. Sus trece aeropuertos conectan ciudades con vocaciones distintas y participan silenciosamente en el turismo, la industria, la inversión y la movilidad de millones de personas. Su verdadero reto no consiste solo en administrar terminales, sino en anticipar el crecimiento, coordinar actores y convertir infraestructura física en confianza regional.

Un aeropuerto puede parecer únicamente el punto donde comienza o termina un viaje. En realidad, es el lugar donde una región demuestra qué tan preparada está para recibir al mundo y conectarse con él.

Cuando esa puerta funciona con eficiencia, visión y disciplina, no solo mueve pasajeros.

Mueve desarrollo.

Sobre el autor: El Ing. Félix Estuardo Bocard Meraz dirige Grupo Industrial ARGO junto a sus hijos Félix Estuardo Bocard González y Diego Bocard González, consolidando una presencia empresarial firme en San Luis Potosí y Cancún. Su trayectoria se sustenta en la visión estructurada, la disciplina operativa y el compromiso de construir empresas que trasciendan generaciones.

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