Desde Xcaret hasta Cozumel, la ceremonia ancestral revive la espiritualidad, el coraje y la conexión con el agua como ofrenda viva a la cultura maya
Antes del amanecer, cuando el cielo aún guarda los últimos tonos de la noche y el copal perfuma el aire, el antiguo puerto de Polé (hoy Parque Xcaret) se transforma en un escenario sagrado. Allí, entre cantos, danzas rituales y el murmullo del mar Caribe, inicia una de las ceremonias contemporáneas más poderosas y emotivas del sur de México: la Travesía Sagrada Maya.
Este año, 296 hombres y mujeres de distintas edades, oficios y rincones del país emprendieron un viaje de 66 kilómetros ida y vuelta, remando a mar abierto entre Xcaret y Chankanaab, en Cozumel. La meta: honrar a Ixchel, la diosa maya de la luna, la fertilidad, el amor carnal y el tejido del destino humano.
Un ritual ancestral que revive con fuerza
La Travesía Sagrada Maya es una recreación respetuosa y profunda de las peregrinaciones que, hace más de 500 años, los pueblos mayas realizaban desde la costa hacia la isla de Cozumel para entregar ofrendas y recibir los augurios de Ixchel. Más que una competencia, es un acto espiritual, físico y cultural que requiere meses de entrenamiento, disciplina y conexión personal con los elementos.
Durante siete meses, las y los canoeros entrenan con rigor para cruzar el mar. Viento, sol, corrientes y marea no son obstáculos, sino parte del rito. El braceo armónico, el silencio interior y el espíritu colectivo se convierten en herramientas fundamentales.
Un amanecer lleno de símbolos
La noche anterior al cruce, las costas de Polé se convierten en una aldea ceremonial: estructuras reconstruidas con técnicas tradicionales, ofrendas de cacao, flores, frutas, danzas rituales y fuego sagrado. La experiencia no es turística: es una inmersión en el pensamiento cosmológico maya, donde la tierra, el agua, el cielo y el corazón humano se encuentran en un mismo propósito.
El último viaje de un pionero
Este año, la canoa puntera fue guiada por Daniel “el profe” Cruz, uno de los primeros en realizar el cruce original y que hoy, con lágrimas discretas y remos firmes, se despide del mar como timonel. Su última travesía simboliza el legado que se transmite de generación en generación, un acto de despedida que honra el ciclo de la vida y la sabiduría del tiempo.
El arribo a Cozumel: entre lágrimas, sol y sargazo
Después de cinco horas de remar bajo el sol ardiente y sobre las aguas turquesa moteadas por sargazo, las canoas tocan tierra en Chankanaab. El recibimiento es apoteósico: autoridades locales, comunidad y representantes del Grupo Xcaret aplauden, gritan y abrazan a los peregrinos.
Ellas y ellos llegan agotados, orgullosas, satisfechos, transformadas. No solo cruzaron el mar: cruzaron una prueba personal, espiritual y cultural. Es el resultado de meses de entrenamiento físico, emocional y ritual, en una experiencia que funde el cuerpo con la tradición.
Un legado vivo para México
La Travesía Sagrada Maya no es solo un homenaje al pasado: es una afirmación del presente indígena, del vínculo con el agua y de la memoria que se mueve, rema y florece. En tiempos donde la velocidad y lo superficial dominan, este ritual enseña a detenerse, mirar al horizonte y avanzar con sentido.
Cada año, esta ceremonia suma nuevas voces, nuevas generaciones y más respeto por una cultura viva, que sigue enseñándonos que el destino se teje, se honra y se cruza con cada remo sobre el agua.
